Todo lo relacionado con la lotería de navidad me da vergüenza ajena. Huérfanos preadolescentes repartiendo dinero con unas bolitas. Si fuese presidenta prohibiría ese patético espectáculo.
No hablaré más, por lo tanto, de la lotería. Ni de Carlos. Se acerca el fin de año y hay que dejar atrás lo que no te interesa. Me gusta esa forma de terminar las cosas: sin explicación, sin épica.
He quedado un rato con amigas. Cafés, comentarios rápidos, planes vagos para Nochevieja. Los cotillones están por las nubes, pero por suerte no nos gusta ese rollo de carcas, de aburridos, y quedaremos en un donde, simplemente, pagas lo que consumes (me encantaría hacer publi del pub, pero no debo escribir su nombre). Todo el mundo parece más disponible estos días, pero menos presente. En las mesas de alrededor la gente parece afanarse en ponerse al día, dar cuenta de lo bien que le ha ido la vida desde las navidades pasadas. Nuestra mesa estaba muy bien, teníamos ese punto de amigas algo payasas y algo intelectuales que todavía puedes mantener unos años.
En casa se habla de la Navidad como de una logística inevitable. Quién compra qué, a qué hora se come, qué falta. Nadie habla de sentimientos asociados a esas fechas. Me parece bien. No todo tiene que convertirse en discurso. A final papá ha puesto el árbol, nadie se lo ha pedido pero lo ha hecho.
Hoy no hablaré más de mis padres ni de mi hermano. No tengo nada que decir. Ha llegado un correo de la universidad; en el examen que me había salido regular he sacado un 8,75. En España cualquiera que tenga paciencia puede tener una carrera.