Madre 22/12/2025

Lunes previo a Navidad. No es un lunes real, pero tampoco un festivo. Una especie de simulacro.

En la oficina nadie trabaja del todo, pero fingimos que sí. Se escuchan llamadas en voz baja recordando a la pareja todo lo que aún queda por comprar en cuanto salgan de allí. Correos breves, sonrisas forzadas, frases disuasorias, “ya lo vemos después de fiestas”, que funcionan como anestesia colectiva. Me he sorprendido a mí misma usando ese tono: amable, un poco hueco, eficaz. Es una versión de mí que conozco bien. Soy muy simpática si me lo propongo.

El cliente ha vuelto a escribir. Nada relevante. Una aclaración mínima, casi innecesaria. Tan innecesaria que me he preguntado si la intención final era mantener un hilo de contacto. He contestado enseguida. Me he dado cuenta de que había elegido las palabras con más cuidado del habitual. No por seducción, sino por conciencia. Como si escribirle fuera, de algún modo, escribir aquí. El diario empieza a contaminar otras zonas. No sé si eso es bueno.

En la pausa del café he escuchado a dos compañeras hablar de la lotería. Décimos compartidos, números heredados, supersticiones. La posibilidad de que te toque un número es de una entre cien mil, y, aún así, la gente compra año tras año. He pensado en la cantidad de cosas que la gente deposita en ese pequeño papel: esperanza, venganza, una salida elegante. Una manera prosaica de sentirse vivo. Al final, todos esos papelitos a la papelera; el décimo de verdad, la participación de la asociación benéfica, la contribución para las fiestas de un pueblo al que nunca irás. Yo no juego. Nunca lo he hecho. No por superioridad moral, sino porque creo que mi camino lo debo fabricar yo. He leído que casi la mitad de las personas que se hacen ricas con la lotería se arruinan en una década.

He vuelto a pensar en el sexo. No como acto, sino como tema. Como conversación pendiente conmigo misma. No hay conflicto abierto con mi marido, no hay reproches, no hay escenas. Hay algo peor: una normalidad que se ha ido secando sin hacer ruido. A veces me pregunto si el deseo se pierde o simplemente se deja de nombrar, y al no nombrarse, se vuelve invisible. Este diario me empuja a nombrar cosas.

Por la tarde he llamado a mi hermana y le he preguntado si falta algo para la cena de Nochebuena. Todo está bajo control. Otro ritual: ella dice que no hace falta nada y yo insisto en llevar algo. No discuto, ni me esfuerzo, mi marido preparará algún aperitivo y cogeré la botella de cava que nos han regalado en el trabajo.

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