Padre 22/12/2025

Hoy ha sido el sorteo de la lotería de Navidad. En el trabajo lo han puesto de fondo, como ruido ambiental. Los niños cantando números que no eran los nuestros. Tenemos un número del trabajo y casi todos hemos comprado. ¿Prefería que me tocase ese, o que me tocase uno que solo tuviese yo? Dicho de otro modo, ¿eres más rico si solo te toca a ti? De todos modos, no ha tocado ninguno.

No juego mucho, pero algo llevo, más de lo que me gusta confesar. Diría que no me interesa tanto ganar como no quedarme fuera de una conversación futura entre triunfadores. La posibilidad del dinero es secundaria; lo que pesa es la fantasía colectiva. ¿Es secundaria? No, no lo es. Me gusta el dinero. Me gustaría tener medio millón de euros en mi cuenta. Con un décimo de lotería puedes ganar cuatrocientos mil euros, de los que Hacienda se quedará al menos una cuarta parte. Con esto y mis inversiones llegaría a ese medio millón. En cuanto a esto último, podría decir que este año sí me ha tocado la lotería, ya que tuve la habilidad de comprar Nvidia a menos de cien dólares, la mitad de lo que vale ahora. Fue un arrebato, hice click en el móvil sin pensarlo demasiado, y salió bien. He doblado la inversión, arriesgo uno y consigo dos. Lo que gano en un año trabajando lo gané también haciendo ese click. Así son las cosas en este mundo corrompido, supongo. En el telediario ha salido la gente a la que le ha tocado abriendo botellas de champán y diciendo que van a cancelar la hipoteca, hacerse un viajecito, reformar la cocina, o alguna otra cosa que provoca más pena que alegría. Hay que ser muy cutre para acudir a la administración de lotería con un gorrito de papanoel, a ver si sales en la tele, en vez de llevarte a tu familia a un buen restaurante.

En la máquina de café alguien ha dicho que “la lotería es el impuesto de los pobres”. He asentido sin discutir. Frases hechas. La había escuchado también esa mañana en Onda Cero mientras llevaba a mi hijo al trabajo. Luego he seguido pensando en mis inversiones, en el riesgo calculado, en la diferencia entre esperar un milagro y trabajar una probabilidad. Me resulta incómodo verme reflejado ahí. No soy tan distinto de lo que critico. Solo uso otro lenguaje. Por ejemplo, estoy especulando, pero nunca lo llamaría así, con esa palabra maldita. Hasta la iglesia dice que es algo moralmente ilícito. Pero, ¿cuánta gente lo estará haciendo a mi alrededor y se calla como yo? No me voy a fustigar por eso.

El trabajo ha sido breve. He salido un poco antes porque tenía un par de horas acumuladas, y he aprovechado para caminar un rato. Bastante rato. Me he hecho catorce mil pasos, cuatro mil más de los diez mil que se recomiendan. En realidad, eso de los diez mil pasos fue un ardid publicitario de una empresa japonesa de relojes, no hay ninguna evidencia médica de que esa cifra sea la adecuada. En cualquier caso, es mejor que estar tumbado en el sofá. Me lo contó mi mujer, que de publicidad si sabe.

Por la tarde he ayudado con algunas cosas de la casa. Preparativos menores. La Navidad se va instalando como un huésped pesado al que no puedes echar. Pienso en la cena de Nochebuena con la familia de mi mujer. No tengo ningún problema con ellos, lo cual es casi peor que tenerlo. No hay conflicto que resolver, solo una ausencia que se repite cada año: mi familia no está. Nunca lo hemos hablado del todo. Supongo que así se consolidan las tradiciones.

Mañana será martes, pero parecerá viernes. Tengo toda la comida de Navidad ya en la nevera. Ese día la cocina es mi refugio.

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