Hijo 20/12/2025

Ayer quedé con unos compañeros del trabajo al terminar la jornada para tomar algo en el bar del polígono. Vermú barato, risas previsibles, comentarios sobre las cenas familiares que vienen. Algunos tienen la edad de mi padre, pero no me imagino a mi padre hablando así. No se cómo será fuera de casa, con otro disfraz. Juanan, el tipo que está en mi sección llenando las cajas que yo coloco en los palets me dijo que si quería ir y, como no se me ocurrió ninguna excusa que dar, fui. No estuvo mal.

Me sorprende lo rápido que se crea una falsa intimidad cuando compartes hastío. Nos conocemos poco, pero lo suficiente para bromear. Nadie habla de lo que le pesa de verdad. No hace falta. El ambiente ya lo dice todo. Además, como era el nuevo, mi timidez pasa más desapercibida, no tengo porque hablar de un mundo que apenas conozco, solo escuchar. De algun modo, estar allí era como ver un documental de televisión. Gente derrotada que dedicaba ese gran esfuerzo a justificar su vida alimentando otros valores, la amistad, la familia, la honestidad del trabajo duro, la distancia frente a otra gente; médicos, abogados, ingenieros, enemigos en general que parecían pertenecer a otra raza. No pude evitar mirar un poco por encima del hombro, creer que, en el fondo, aquel no era mi sitio. Esa es la última trinchera que me queda por perder. Me lo pasé bien, estuvimos un buen rato. Incluso me atreví a insistir en pagar una ronda. Mi madre me llamó, preocupada por mi tardanza.

Hoy por la tarde me he quedado en casa solo. Se está bien solo. Pantalla, rutina. He navegado sin rumbo, pasando de una cosa a otra. No lo llamaría placer, pero tampoco vacío. Es una especie de anestesia funcional. Me parece coherente con el trabajo que hago, con el cansancio que arrastro, con no tener a nadie con quien acostarme. Una hora de porno, como reconstituyente. Nicole Aniston, Ava Addams, Kendra Lust, diosas americanas a mi servicio. Desde hace un par de años hay una corriente de opinión contra el porno desde el bando feminista y progresista, pero, hoy por hoy, para mi es un servicio social.

He pensado que debería salir más. Lo he pensado después, en el desencanto que sigue a la polución. Poluciones. Tenía un par de mensajes para quedar con el grupo de la universidad. Les he dicho que no podía. Lo cierto es que el cuerpo me pide descanso, estar tirado en la cama acumulando fuerza para las cajas que esperan el lunes. He escuchado abrirse la puerta. Mi padre había vuelto. Cuando salí de la habitación me contó el menú que había preparado para Navidad. Trata de estar alegre, pero es evidente que el día de Navidad le pesa, como mis cajas, y que para él lo mejor de ese día es que cada minuto acerca la llegada del día veintiséis. He vuelto a la habitación y he visto fútbol en la tablet. El Madrid le ha ganado al Sevilla, pero Vinicius, al que todos los antimadridistas, y buena parte de los que no lo son, odiamos, se ha ido al banquillo entre silbidos de su propia afición. No ha estado mal el día, por lo tanto. El sábado tiene la ventaja de que nadie espera nada de ti. Ni siquiera tú.

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