Padre 20/12/2025

Sábado.
El día ha empezado mal. Me ha sonado la alarma a las siete. Y me he levantado, como si fuese algo previsto. He leído un rato en el sofá, y esta vez he puesto yo la cafetera, procurando no hacer ruido. Es el penúltimo sábado del año. Como nuestros hijos son mayores, hace tiempo que no nos cogemos vacaciones navideñas, las gastamos todas en épocas del año más interesantes. ¿Que si me gusta la Navidad? No, no me gusta. No soy el Grinch, pero no me gusta.

He salido a hacer alguna compra por el barrio. Mi mujer se ha ido al centro, a comprar cosas que se compran en el centro. Cada uno hace un tipo de compras, como en una empresa. La lista de la compra la llevo en la cabeza: medio cochinillo, vino bueno, y aperitivo. Cosas que no se comen habitualmente. También he comprado turrón y polvorones, aunque a nadie nos apasionan esos dulces. En el supermercado había una coreografía reconocible: parejas discutiendo en voz baja, niños sentados dentro del carro con una tablet, gente sola empujando despacio, como yo. He pensado que la Navidad es una prueba logística más que emocional.

El cochinillo me ha costado a veinticinco euros el kilo. En la tele siempre advierten que lo mejor es hacer las compras con antelación, para ahorrar dinero. No se cuanto costaría antes, ni me importa. Me he gastado doscientos treinta euros para la comida de navidad. Nos lo podemos permitir sin ningún problema.

Al mediodía he quedado para tomar un vermú con dos compañeros del trabajo. Lo de siempre: aceitunas, cerveza temprana, un par de pinchos. Comentarios sobre cómo está el país, sobre quién roba más, sobre lo inevitable de todo. He hablado poco, lo justo para no parecer ausente. Digo lo mío, con suavidad, y dejo que pase. Igual con un par de cervezas más me soltaba. Antes me importaba ganar esas discusiones; ahora me importa no llevármelas a casa.

Al volver he caminado un rato sin rumbo. La reunión ha acabado pronto porque uno de mis compañeros (prefiero decirlo así a inventar un nombre falso) tenía que ir a otro vermú, y sospecho que tal vez viniese de otro, puesto que algo de alcohol llevaba ya encima. He pasado por la cartelera de los multicines del centro comercial. No estaría mal ir con mi hijo a ver Nuremberg, la de los juicios. Además, el miércoles es Navidad, con lo que podríamos salvar la sobremesa. Lo propondré. Cuando camino intento poner un gesto risueño y mantenerlo. Dicen que el rostro se acostumbra a un gesto que no le cueste esfuerzo, que podemos entrenarlo muscularmente para combatir la amargura vital.

Como es sábado no hay que mirar las cifras de la bolsa, lo que supone un excedente de tiempo que hay que emplear en algo, así que me he puesto a pensar en lo que voy a escribir aquí, en qué distancia hay entre mí y el personaje que aparece en el texto, porque, de un modo intencionado o no, alguna distancia ha de haber. He mirado en idealista el precio de la promoción de viviendas que están haciendo en el solar de una calle cercana, que llevaba toda la vida vacío. Precios altos que, por esas curiosas ondas expansivas de la economía, puede que hagan más valiosa esta casa. Motivos con lógica aplastante: a esos pisos irá gente que puede pagar esos pisos, que atraerá a gente que quiere ser como la gente que puede pagar esos pisos. Es el mercado, amigo, dijo Rodrigo Rato, ex Ministro de Economía, para justificar la crisis bancaria. Pues eso pasa aquí. Fue a la cárcel, porque eso también es el mercado, amigo. Leí que ya salió y vive en un piso de lujo.

He cenado ligero. Mañana será domingo. Y el miércoles, casi sin darnos cuenta, Navidad.

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