El examen ha ido bien. Muy bien, diría. El profesor no ha sido muy original con las preguntas. Hasta Dolly, sobrenombre adquirido por esa perenne expresión bobina, ha salido contenta. Esta claro que el profe no quiere problemas, nos contó que está haciendo una investigación que probablemente se publique próximamente en la editorial de la propia universidad. Textos para cien personas. Una vida endogámica que puede que me esté esperando.
He quedado otra vez con Carlos después del examen. Un café rápido. Me invita a los cafés. Llevaba la sudadera desabrochada y debajo una camiseta con la lata de sopa Campbell de Wharhol. Me ha irritado la camiseta o, más bien, que un estudiante de arte de veintiún años lleve ese topicazo, en vez de llevar algo que me obligue a preguntar por su significado. Al menos es guapo. ¿Que vida le espera a un estudiante de arte, al que su interés por el arte solo le da para llevar esa camiseta? Esta vez he sido más clara. Él no tanto. La claridad suele ser asimétrica. He confirmado algo que ya sabía: me excita más decidir que gustar.
En casa se mantiene ese equilibrio artificial. Nadie discute, nadie explota, nadie se desmorona. Es casi elegante. También un poco inquietante, como esas casas demasiado ordenadas donde no sabes dónde sentarte.
Sobre mi hermano solo diré una cosa: quiero a mi hermano.
Querido diario, pienso a menudo en el narrador. En lo que leerá hoy. En cómo organizará esto. Me preocupa que tenga criterio. Pero su criterio, bueno o malo, no es cosa mía.