He dejado de pensar que esto sea provisional. No porque no lo sea, sino porque pensarlo todo el tiempo cansa más que cargar cajas.
El cuerpo ya no protesta tanto. Eso debería ser una buena noticia, pero no lo es. La adaptación es sospechosa. Te conviertes en alguien eficiente en algo que no quieres hacer, y el mundo te felicita por ello. Unos lo llaman alienación, otros embrutecimiento. Me gusta más la segunda.
He hablado más con la gente. No de mí, ni de ellos. De tonterías. De fútbol, de marcas, de horarios. He aprendido que lo importante no es decir algo interesante, sino no decir nada raro. Ser legible.
En el descanso he pensado en mi currículum. En cómo explicar esto si algún día lo explico. He ensayado frases mentalmente, versiones aceptables de la realidad, como cuando en las ofertas de empleo a los mozos de almacén les llaman operadores logísticos. Eso me ha dado risa. Mentirse bien también es una habilidad profesional.
Noto el cuidado en la mirada de mis padres, como si fuera un objeto frágil mal embalado. No me enfada, pero me incomoda. No les culpo. Son los padres que me han tocado, y la biología amenaza con que yo también seré así.
¿Y si mi lo que me pasa es exactamente lo que se espera de mí? Buenas noches, lector (si existes).