Padre 18/12/2025

Jueves. Otra semana casi superada. En mi juventud se puso de moda, entre la gente que estudiaba lo que entonces se llamaba humanidades, un fragmento de la película El cielo protector, de Bertolucci, donde se recitaba un poema que se preguntaba cuántas veces volveríamos a ver la luna llena. Cuando veo pasar el tiempo así de deprisa, he pensado en ese poema. Me hubiese gustado que mis hijos estudiasen ciencias puras, pero tampoco eso he conseguido.

En el trabajo ha habido una conversación política en la máquina de café. Nada elevado. Comentarios sobre la inflación, los impuestos, “cómo está todo”. He intervenido poco, pero lo suficiente para notar que mis palabras ya no encajan del todo con las de mis compañeros. No es que piense distinto; es que me importa menos convencer. Digo lo mío para marcar posición, pero no me enroco en barricadas que no me llevan a ningún sitio. Mi tibieza,en este caso, ayuda. Hace poco, con los casos de corrupción y abusos sexuales en el PSOE todo el día en la prensa, un colega me dijo, también en la máquina de café, «joder, como están los tuyos». Ni siquiera le rebatí, puse media sonrisa y él mismo me cambió el tema. No merece la pena. Tampoco son los míos, solo los voto. Tambien he dejado de contar batallitas de antiguas militancias. Lo cierto es que no podía evitar exagerarlas un poco.

Sigo llevando a mi hijo al trabajo, y no me importa, me siento bien haciéndolo. Como personaje me interesa muchísim, como padre me hace temblar. No se lo que estará escribiendo en estos diarios, pero estoy seguro de que no me atrevería a leerlos. Por el mismo motivo, solo le hago preguntas como, ¿que tal ha ido hoy? Preguntas que habilitan respuestas cortas, monosilábicas, que te permiten escapar. Me estoy entrenando en esa contención, respeto, cobardía o las dos cosas. Hay silencios que parecen maduros desde fuera y son puro miedo desde dentro.

Por la tarde he mirado de nuevo las inversiones. He vendido una pequeña parte. Nada relevante. El gesto me ha tranquilizado. Tener la sensación de que todavía tomo decisiones.

He salido a caminar otra vez. He pasado por delante del cine. Cartel nuevo. No he entrado a mirar horarios. No por tristeza, sino por una especie de cansancio anticipado. Hay cosas que pertenecen a una etapa y forzarlas es una forma torpe de nostalgia.

Termino de escribir aquí. Este diario no deja constacia de lo que pasa, sino de que algo pasa. Las cosas se suceden, hace dos días era martes, hoy es jueves. Habrá más jueves, igual que habrá más lunas llenas, aunque no sabemos cuantas. He decidido mostrar mis inversiones de un modo más espaciado, cuando a mi me parezca. Miro esos numeritos a menudo. Esos numeritos le dan un valor a mi vida, un valor real, acorde con este mundo áspero. En cierto sentido, esos numeritos me anclan a la vida, como anclan a la vida los numerios de los monitores a los enfermos del hospital. Pero hoy cambiaré estos numeritos por ese terrible poema.

«Porque no sabemos cuándo vamos a morir, pensamos que la vida es un pozo inagotable. Pero todo pasa solo un cierto número de veces, y un número muy pequeño, de verdad. ¿Cuántas veces más vas a recordar una cierta tarde de tu infancia, una tarde que es tan profundamente parte de tu ser que ni siquiera puedes concebir tu vida sin ella? Quizás cuatro, cinco veces más, quizás ni siquiera eso. ¿Cuántas veces más vas a ver salir la luna llena? Quizás 20. Y aún así, todo parece ilimitado.»

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