Madre 18/12/2025

Día intrascendente. Mantendré el estilo cronológico en la secuencia de los hechos. Además, hoy me quiero quitar de encima esto, tratarlo como un trámite.

He llegado a la oficina a la hora exacta, como si quisiera dar ejemplo a alguien. Los nuevos, en general, son puntuales.

Todo ha funcionado sin fricciones. La gente habla de lo que va a hacer en navidad, lo que dota a todo de una capa de sopor muy poco atractiva. El cliente del otro día ha mandado un correo breve, eficaz, con un “gracias” final, seguido de mi nombre, que no era necesario. He tardado más de la cuenta en responder. No por estrategia, sino por una especie de pudor. Como si cualquier gesto, incluso uno correcto, pudiera leerse mal. Me ha gustado esa sensación algo adolescente. Me descubro revisando mis propias palabras después de decirlas, como si hubiera un segundo público escuchando. Normalmente son cosas que no me importan.

He pensado en mi hijo menos que otros días. Eso me ha producido alivio y, casi de inmediato, culpa. Como si el pensamiento fuera una forma de cuidado obligatoria. No lo es. Lo sé racionalmente. Pero hay aprendizajes que no se deshacen.

Después del trabajo he ido al gimnasio, y al volver a casa he notado el cansancio en mi cuerpo de una forma distinta. No agotamiento, sino densidad. Como si el día pesara más de lo que debería. Creo que no es el trabajo, ni la edad, ni siquiera la familia. Quizá es este ejercicio extraño de mirarme todo el rato mientras vivo.

Escribir ya no es solo contar. Es elegir. Y elegir deja restos.

No me he puesto el podcast, y me ha costado más dormirme. Causa efecto.

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