Hoy he llegado antes a la oficina. No por obligación, sino por necesidad. Me apetecía estar sola unos minutos, encender el ordenador con calma, ordenar ideas antes de que el día se me echara encima. Mi mindfulness. Es curioso cómo a veces madrugar no es un acto de productividad, sino de defensa.
El día ha sido intenso, pero bien. De esos días en los que te recuerdas que sabes hacer tu trabajo. Una reunión con un cliente importante ha ido mejor de lo esperado. Ha habido complicidad, incluso humor. Palmaditas en la espalda. ¡Aún estás en forma!, me ha dicho después de firmar. He contestado con mi mejor sonrisa. ¿Coqueteo, tal vez? Me he descubierto más suelta de lo habitual, menos pendiente de si decía lo correcto y más centrada en decir lo que pensaba. Me ha gustado esa versión de mí. No aparece todos los días.
Clara ha estado correcta, eficiente, en segundo plano. Me ha preguntado si quería que se encargara ella del seguimiento del cliente. Le he dicho que sí, que adelante. No por cansancio, sino porque me ha parecido lo lógico. Me ha mirado con una mezcla de alivio y sorpresa. No sé qué esperaba.
A mediodía he salido a comer fuera con una compañera del departamento legal. Hemos hablado de cosas triviales: dietas, vacaciones, el frío. En algún momento ha salido el tema de los hijos y he notado cómo la conversación se volvía más espesa. He dicho que el mío empezaba a trabajar en un sitio nuevo. Lo he dicho rápido, como quien se quita una tirita. Ella ha asentido y ha cambiado de tema, sin preguntar nada más. Se lo agradezco.
Por la tarde he pensado mucho en él. En si habrá comido bien. En si alguien le habrá hablado con normalidad o con condescendencia. En si tendrá uno de esos jefes asquerosos y fascistas con los que caricaturizamos a los jefes de los polígonos industriales. Siempre jefes, nunca jefas. Sé que no debería pensar así, pero lo hago igual. La maternidad no se jubila.
Al llegar a casa lo he visto cansado. No derrotado, que sería peor, pero sí cansado. Hemos hablado poco, tampoco era cuestión de pedir detalles. He preparado la cena con más esmero del habitual, como si se lo mereciese, o como si fuese necesario recalcar que mamá está ahí. Por lo visto, la empresa se dedica distribuir productos de menaje por toda España. Lo he buscado en internet hace un rato. Me ha aliviado pensar que, a priori, las cajas no deberían pesar mucho. Hay poco metal y mucho plástico en el menaje.
Así que, al final, no ha sido un mal día. Un buen martes, por fin. Incluso he disfrutado escribiendo este diario. El diario me pide cosas, y yo obedezco.
Me pondré un podcast para dormir. Me gusta ese momento previo al sueño en el que eres consciente del sonido de las palabras, pero abandonas el relato.