Esta semana tenemos un examen, el primero de este curso. El profesor nos preguntó si lo queríamos antes o después de las vacaciones, y votamos que antes. Al profesor le daba igual, del mismo modo que su forma de dar clases indica que no le importan demasiado nuestras intenciones a la hora de aprender o no lo que nos cuenta. Hace lo correcto, somos adultos, tenemos derecho a voto y edad para poder ser encarceladas. En cualquier caso, llevo bien los temas, me gustan y, además, mantengo la sensación de ir por delante de mis colegas de clase, de estar mejor construída para adquirir conocimientos. ¿Que si me creo quejor que los demás? Pues si, al menos hasta que no me traigan otros.
En la facultad todo sigue igual. Como novedad, ayer volvió la profesora X de su baja; parecía un cadáver. Vuelve justo antes de las vacaciones, seguro que es algún tema administrativo para no perder días o dinero. Me da igual. He quedado con Carlos para un café rápido. Error. Demasiada expectativa por su parte. He cortado a tiempo la expectativa, pero he dejado una puerta abierta. El motivo lo diré de un modo nada decimonónico: me apetece follármelo antes de darle puerta. O de no dársela, ya veremos. No me siento culpable. La culpa es un residuo cultural.
En casa, mi hermano vuelve cansado y callado. Mis padres lo miran como si fuera más frágil de lo que es. Yo lo veo distinto: más serio, quizá. Me irrita muchísimo que mi hermano tenga que hacer un gran esfuerzo físico para ganar un sueldo. No quiero ser clasista, desde luego, pero en esta familia nadie ha hecho un esfuerzo físico jamás (salvo mamá en las clases de pilates). Nos ha bastado con nuestras cabezas, o con nuestra suerte. Me parece terrible. No se lo diré, claro.
Este diario me coloca a veces en una posición incómoda. Sé cosas. No las que escriben, pero sí que escriben. Eso cambia la forma de mirar, con la sospecha siempre de vivir en una casa donde todos guardan secretos en cajones distintos. Como en todas las familias, por otra parte. Pensaba que iba a tener todo controlado en todo momento, pero no estoy tan segura. Si la primera norma es no leer lo que escriben los demás, debería haber una tercera norma; la de no pensar en lo que escriben los demás. Difícil de cumplir.
No sé si esto acabará bien o mal, pero las cosas interesantes rara vez vienen con garantía.
He pensado en el narrador. En los cuatro diarios a su disposición. Un pequeño diosecillo. Hay algo de poder ahí, que yo le di. Y algo de riesgo.