Hijo 16/12/2025

Hoy he aprendido dos cosas. Primera, el cuerpo se acostumbra a casi todo. Segunda, cuando te acostumbras demasiado rápido, algo va mal.

En el almacén hay una jerarquía muy clara: los que saben, los que fingen saber y los que cargan. Yo estoy progresando rápido en el tercer grupo. No es sarcasmo, es un mérito. Hay gente que lleva meses y aún se queja.

Me han explicado cómo levantar peso “bien”, es decir, sin romperte la espalda antes de los cuarenta. He asentido con atención. Luego he hecho lo mismo de siempre. A estas alturas creo que el cuerpo escucha menos consejos que consignas: aguanta, sigue, no pienses. Estamos en 2025, y mi sensación sigue siendo la de formar parte de la revolución industrial británica, solo falta el humo en las calles.

A veces fantaseo con una versión futura de mí contando esto como una anécdota. “Durante unos meses estuve en un almacén”. Como si fuera una fase exótica, algo que afianza el discurso del éxito, el rollo de que los comienzos no fueron fáciles, el relato de chico de barrio que hacen los Estopa. Me hace gracia. Me tranquiliza. cuando estoy bien pienso mucho en situaciones que me gustaría que pasasen; desde una cena con Esther Expósito en un restaurante elegante hasta un atentado con incendio final en alguna de las empresas que se han cruzado en mi camino. Deseo, en general, la muerte de mis empleadores.

Pero no estoy enfadado. Eso es lo más inquietante. Estoy funcional. Y eso, según cómo se mire, es una forma bastante sofisticada de derrota.

En cuanto al trabajo, ayer fue supervivencia, hoy adaptación. He aprendido dónde ponerme para no estorbar, cuándo hablar y cuándo no, a quién pedirle ayuda sin quedar como un inútil. Hay gente maja. Gente que te pregunta sin maldad de dónde has salido. Otros no preguntan, que es todavía mejor. En resumen, no esta siendo dramático.

Mi padre me ha llevado hoy también. Hemos hablado poco. Mi madre me ha dejado un tupper preparado. Me lo he comido en un banco, solo. Necesitaba ese rato. He puesto la escusa de tener que hacer una llamada de teléfono. Masticaba y pensaba que, haga lo que haga, siempre habrá alguien intentando cuidarme. Y que eso, aunque a veces pese, es un privilegio. Pero hoy no me apetece hablar de mi familia. Me entristece.

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