Madre 14/12/2025

Los domingos siempre me producen una sensación ambigua: alivio por no ir a la oficina y una especie de vértigo por tener demasiado tiempo para pensar, o para vivir. Si tuviese que elegir, tal vez me quedase con la vida de lunes a viernes, donde sospecho que mi personaje sale reforzado. Me he despertado antes que nadie, como siempre. Café y móvil, aunque hoy no había urgencia. Esas terapias de pasar un día sin móvil no son para mí, y no las entiendo. Las noticias son distintas los domingos, más blandas, más humanas, como si el mundo también descansara. Me he detenido en un reportaje sobre personas que deciden “reinventarse” a partir de los cincuenta. He terminado leyendo en diagonal, no es cuestión de hacerse daño.

Hemos desayunado los cuatro juntos, despacio, muy tarde, aunque con más silencio del deseable. Mi marido se empeña en este pequeño ritual. Hoy ha preparado tostadas de aguacate y requesón, que todos le hemos aplaudido. Me he dado cuenta de que observo demasiado. A ellos. A sus gestos. A lo que dicen y, sobre todo, a lo que no dicen. Son mi vida, me digo; lo único que queda por encima de mi oficina y mi portátil. Mi hija fue la única que hablaba sin parar, contando algo de la fiesta del viernes con una naturalidad que a mí me resulta casi ofensiva, no por lo que cuenta, sino por la seguridad con la que lo hace. Yo, a su edad, pensaba cada frase dos veces antes de decirla.

Mi marido ha salido a comprar el pan para la comida, y he sentido un alivio inmediato, como si el aire circulara mejor. Me he quedado a solas con los chicos y he tenido el impulso absurdo de preguntarles si eran felices.

He pasado parte de la mañana ordenando armarios. No porque hiciera falta, sino porque ordenar cosas da una ilusión momentánea de control. He tirado ropa que aún estaba bien. Camisas que ya no me pongo, vestidos que pertenecen a otra versión de mí. Mientras doblaba, he pensado en Clara. En su rapidez, en su manera de estar en el mundo sin pedir permiso. Me he sorprendido imaginando cómo me vería ella a mí si pudiera observarme un día entero. No creo que me juzgara. Eso es lo peor.

Por la tarde hemos salido a dar un paseo corto con mi marido. Nada especial. Un aburridísimo paseo, he de confesar. Me ha dado mucha pereza tener que vestirme y abrigarme para eso. El mismo trayecto que el domingo pasado. Me ha dicho que los apartamentos en Asturias han subido un cien por cien en los últimos cinco años. Lo dice porque hace unos años valoramos la posibilidad de comprar uno, aunque los dos sabíamos que no íbamos a pasar de la intención. Le gusta hablar de oportunidades perdidas, lo cual no es meritorio, ya que es un hombre sin empuje que anula el que pueda tener yo. Ya habló del tema Asturias en otros paseos anteriores. Pienso en esas grietas diminutas que no ves hasta que ya es tarde, aunque a veces las grietas se quedan allí, amenazando, pero sin tirar el edificio.

Acostarme el domingo por la noche y esperar a que suene el despertador me provoca cierto sosiego.

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