Primer domingo de este diario. No dije nada de si el domingo era fiesta de guardar. No somos muy católicos en casa, por otra parte, pero, por si acaso, escribiré poco.
He llegado la última a desayunar y ya estaban todos sentados. Me he servido café y he hablado mucho, más de lo normal, llenando huecos. No somos católicos, ni tampoco la alegría de la huerta. Mi hermano estaba en modo ausente total. Empieza mañana y se nota. Me da pena, aunque no se lo diré. No es el tipo de pena que ayuda.
He pasado un buen revisando fotos del viernes. Algunas dan vergüenza ajena, otras están bastante bien. Me gusta verme en ellas: parezco alguien que sabe lo que muestra. Todos nos dedicamos a curtir nuestro personaje. Para los morbosos, el tipo se llamaba Carlos, y estaba con el TFG de Historia del Arte, argumento que da pie a no dejarle hablar mucho, que es lo que hice. ¿Guapo? Si, lo suficiente. Me tocó con suavidad. Tendrá otra oportunidad, donde podremos ver si hay otras habilidades, o si es mejor describiendo esculturas de Bernini. Me mandó un wasap ayer preguntándome que tal, y hoy un par mas. Tres wasaps absolutamente innecesarios.
Creo que mis padres no son infelices, pero tampoco felices. Están instalados. Eso da seguridad y miedo a la vez. A veces pienso que este experimento es más peligroso para ellos que para nosotros.
Por la tarde he visto Una batalla tras otra, pirateadísima de internet. Me ha gustado bastante, más que las últimas de Paul Thomas Anderson. Esta bien visto socialmente que te guste Paul Thomas Anderson, igual que está bien visto hablar mal de los domingos.
En cuanto a los diarios, aún me pregunto si no es una forma elegante de traición. Pero ya es tarde para arrepentirse. Y puedo sacarle provecho.