Madre 12/12/2025

Tengo la costumbre de mirar la prensa en el móvil antes de levantarme. Scroll infinito desde primera hora. Tengo, a cuenta de la empresa, suscripción a El País y El Mundo, y a algunas publicaciones de marketing. Tenía también un whatsapp de una antigua compañera del máster, hacía diez años que no hablábamos. Cuando he visto su nombre pensé que iba a pedirme algo, pero no ha sido así. Simplemente me ha dicho que había estado en Madrid y se había acordado de mí, y me ha mandado unas fotos en sitios típicos con su marido y sus hijos. Todos muy sonrientes, oso y madroño de fondo. Ya se habían ido, por lo cual deduzco que no tenía ningún interés en verme, o que ha adivinado que yo tampoco lo tenía. Fuimos buenas amigas. Me ha preguntado también si sigo “trabajando en lo mismo”. La preguntita me ha parecido cargada de algo más. Como cuando alguien te mira demasiado rato y no sabes si es cariño o juicio. Seguramente soy yo y mi susceptibilidad premenopaúsica. ¿Pre? En la presa hablaban de la muerte de Robe Iniesta que, como mi amiga, también formó parte de algunos de los momentos felices de mi vida.

En la oficina, Clara estaba más discreta de lo habitual. A veces tengo la impresión de que me observa. No con maldad, sino con esa curiosidad que tienen los jóvenes, como si intentaran descifrar cómo funciona un adulto real. Hoy no me ha corregido nada, ni ha propuesto nada. Eso me ha inquietado más. Le he encargado un asunto y a los cinco minutos ha entrado un correo suyo. Me quedé pensando en cómo ha resuelto Clara un problema que a mí me habría llevado media hora. No es envidia, claro, al fin y al cabo lo que resuelve ella lo resuelvo yo, que soy quien da cuenta a la dirección de lo que pasa en mi departamento. En la cuenta de resultados, su habilidad es mi mérito. Es otra cosa. Algo parecido a preguntarme por qué esa edad, en mi casa, no se traduce en ese tipo de soltura. Y luego me digo que cada uno tiene su camino. Y que yo debería dejar de comparar. Aunque no siempre puedo. Al menos lleva un bolso horrible, aunque con esa longitud de piernas supongo que puede llevar lo que le de la gana.

He pasado la mañana entera con un informe para un cliente al que llevamos años haciéndole las campañas publicitarias, uno de los que más dinero se deja aquí, y al que todos los que lean esto (si es que esto se publica, y si alguien lo lee), conocerá. En mitad de la tarea he recibido otro mensaje: esta vez de mi hermana, enviándome una foto de cuando éramos pequeñas. “Para que te rías”, me ha dicho. Se ve que está ya navideña. El problema es que no me he reído. He pensado demasiado, como de costumbre, en esa niña que parece no tener nada que ver conmigo. Algo así como repudiar tu pasado: carne de psicoanalista.

En casa, la tarde ha sido silenciosa. Mi marido ha estado más reflexivo de lo habitual. Hemos coincidido en la cocina un momento y me ha dicho que estaba “pensando en cambiar algunas rutinas”. No ha concretado. Me ha sorprendido. Él no cambia rutinas nunca. Ni las grandes ni las pequeñas.

He tocado la mesilla antes de dormir —melamina, ya lo sabemos—. Quizá también necesito cambiar cosas. Se me ocurren unas cuantas, pero , aunque parezca valiente, no lo soy.

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