Madre 10/12/2025

Hoy he salido de casa con la sensación de no haber terminado de entrar en el día, como si el mundo fuese ligeramente más rápido que yo, casi a mi alcance, pero complicado de agarrar. Me he maquillado deprisa (pero bien; la práctica y los productos caros también ayudan), he metido el portátil en el bolso y he salido sin mirar el reloj, fiándome del orden del escenario, como ocurre en El show de Truman.

La mañana en el trabajo ha sido un desfile de pequeñas urgencias. Nada grave, nada memorable. Reuniones que podrían haber sido un correo, correos que acaban siendo reuniones, un bucle que ya ni cuestiono. Supongo que eso también es experiencia: saber cuándo no merece la pena gastar energía. O resignación, según el día.

A media mañana he notado otra vez esa presión sutil, casi imperceptible, de lo nuevo que llega al departamento. Hoy ha sido con Clara —solo lleva dos meses con nosotros—, que me ha preguntado, con una sonrisa impecable, si no sería mejor reorganizar una parte del informe que llevamos años haciendo igual. No lo ha dicho con mala intención, estoy casi segura. Ese tono neutro que usan los jóvenes, como si estuvieran reformulando el mundo entero pero sin darse cuenta. Le he respondido lo justo, con educación, pero me he quedado pensando un buen rato. No en lo que ha preguntado, sino en por qué me ha molestado un poco. No es grave, pero me ha dejado una especie de cosquilleo, como si alguien hubiese movido un cuadro que llevaba años en su sitio.

Aun así, he seguido trabajando. Más tarde, mientras revisaba los números del presupuesto, la he oído reírse desde la mesa de al lado con otro compañero. Yo no he levantado la vista, aunque he sentido esa mezcla de ternura y distancia que me provocan últimamente los recién llegados: tan confiados, tan convencidos de que todo es opinable, incluso lo que lleva años funcionando.

He bajado a por un café para despejarme. La cafetería estaba casi vacía, algo raro a esa hora. He aprovechado para sentarme un par de minutos y mirar el móvil, algo banal, una reseña a un restaurante al que me gustaría ir, donde al final el tipo que hace el vídeo muestra a la cámara la cuenta.

A última hora, Clara ha vuelto a mi mesa con otra duda, algo mínimo, casi irrelevante. Le he explicado lo que pedía, y ella ha asentido muy rápido, quizás demasiado, como si estuviera guardando fuerzas para cuestionarlo otra vez dentro de unos días. No es mala chica. La veo aplicada, lista. Inglés perfecto. Pero me recuerda que ya no soy la que entra, sino la que estaba cuando los demás llegaron.

Cuando he salido del edificio estaba ya oscuro. El invierno hace que el día parezca más corto y el cansancio más largo. He llegado a casa y he oído a mis hijos en el pasillo, riéndose por algo que no he llegado a entender. No he intervenido. Me he quedado escuchando desde lejos, en silencio, como si necesitara asegurarme de que la casa sigue viva aunque cada uno parezca vivir en su órbita. No es fácil escuchar a mi hijo reírse, por otra parte.

La cena ha sido sencilla. Mientras cortaba verduras, he pensado en la sensación que me ha dejado Clara. No es amenaza, no es competencia real. Es otra cosa: una especie de recordatorio, silencioso pero constante, de que el tiempo también trabaja, aunque yo esté ocupada trabajando para otros. O tal vez he visto muchas películas con chicas monas y preparadas que conquistan el lugar que ocupan señoras maduras como yo. Por cierto, aquí la que cocina soy yo, y puedo decir que es el momento terapéutico del día, donde hago cosas con las manos y de vez en cuando converso con mi hija. Mientras hacía una lasaña de espinacas y setas mi marido y mi hijo veían un partido de la Champions en el salón. Así es esta familia progresista; las mujeres cocinan y los hombres ven el fútbol.

Antes de acostarme he visto un capítulo de Poquita fe, que me divierte pero no me provoca las carcajadas que parece que provoca en otros. Ya en la cama he revisado el correo del trabajo. He marcado dos como prioritarios, pero al menos he logrado no abrirlos. No esta mal.

He tocado la madera de la mesilla antes de apagar la luz. No sé por qué lo hago, pero lo hago siempre. Quizá es mi forma de inventarme un final para el día. No soy una mujer supersticiosa, pero lo hago cada noche. Además, no es madera de verdad, sino melamina.

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