Tengo la cabeza en otra parte. En la uni me han devuelto un trabajo que hice rápido y mal, y me han puesto la nota que merecía. Ojo, no es una mala nota. Por encima de la media. Una media lamentable, por otra parte, gente que pasa por aquí porque algo habrá que estudiar. No creo que este profesor se atreva a suspenderme, aun mereciéndolo.
Dentro de un tiempo seré filóloga. Nada impresionante. ¿Qué cuáles son mis planes? Seguir aquí, hacer el doctorado y, si no hay nada mejor, acabar al otro lado de la tarima. No me entusiasma, pero esto de la filología no da mucho más de si.
En el metro, una chica hablaba por teléfono diciendo que su familia la agobiaba. Parecía imbécil hablando, pero el mensaje estaba claro. He pensado en la mía, claro. A mi no me agobian, pero tampoco somos una familia de telecomedia americana. No somos ejemplo de nada, afortunadamente.
Cuando he llegado esta tarde, mamá estaba seria. Papá tenía ese silencio suyo que suena a cálculo, como si estuviera intentando ordenar cosas que no encajan. Juro que en las fotos de hace una década mi padre no parecía tan agotado. He tenido la impresión de entrar en una habitación donde alguien ha apagado la música justo antes de abrir la puerta. Visto lo visto, me he puesto a hablar con mi hermano, que tampoco es el colmo de la elocuencia, de un podcast de true crime que nos gusta.
¿Qué pensarán ellos de este diario? Cuando lleven unos días empezarán a notar el peso de lo escrito, a medir las palabras, a no poder evitar cincelar su personaje, con la incomodidad de saber que hay otros cinceles trabajando su talla. Si, estos diarios son una idea mía. No se el camino que tomarán, ni su repercusión. Los cuatro tenemos un compromiso. Un compromiso frágil, sospecho. El mío es más sólido, ya que presento estos diarios como una investigación filológica.