Hoy he vuelto a despertarme antes de que sonara el móvil. Últimamente me pasa mucho: abro los ojos y ya estoy pensando en correos pendientes, en una presentación que debería rehacer, en si alguien habrá metido la pata en esas dos horas que tuve que ausentarme. No es ansiedad —o no me lo quiero llamar así—, es más bien un hábito adquirido después de tantos años trabajando con gente que depende de mí.
He bajado a la cocina y he puesto la cafetera. Mientras calentaba el agua he revisado mensajes. Uno de ellos era de madrugada. No he contestado, pero me ha cambiado la respiración. Lo he dejado ahí, flotando.
Al rato han empezado a bajar los demás. El primero ha sido mi marido, todavía con esa cara de no estar del todo dentro del mundo. Se acababa de duchar, y ha traído el olor del gel que le compro desde hace años. Ha dicho buenos días en voz baja, como si se disculpara por existir tan temprano. No sé si es tristeza, cansancio o simplemente su forma de transitar por la mañana. A veces me da pena, otras me irrita un poco, aunque no lo digo.
Luego han bajado mis hijos, tan distintos y tan necesarios. Más jóvenes en mi mirada que en la del mundo. Las preocupaciones no acaban, solo se sustituyen. Soy buena fabricando preocupación. Mi hija ha leído un par de páginas de La broma infinita mientras desayunaba, como si quisiera mostrarnos algo que ella tiene y su familia no. Me he limitado a decirle que el libro se podía manchar.
Me he tomado la leche de soja con copos de avena, como recomiendan los nutricionistas y que, la verdad, me sienta bien, y he pensado en la reunión que tengo mañana y en ese par de muchachos de la edad de mi hijo que han llegado al departamento con ideas que parecen brillantes solo porque son nuevas. A veces me pregunto si yo habría tenido esas ideas hace veinte años. O treinta. Y si todo eso debería preocuparme. Temo que un día empiecen a tratarme como a una veterana amable pero prescindible.
Antes de salir he recogido dos platos que no estaban sucios y he pasado un paño por la encimera. No hacía falta, aunque supongo que lo hago para recordar que controlo algo, aunque solo sea el brillo del mármol por las mañanas.
He salido deprisa. El bolso cada día pesa un poco más, y no siempre por las cosas que llevo dentro.